- Seguro-afirmo-. Todos dicen que él no la deseaba.
-Bien; si se hubiera negado él tan sólo quizás sí. Pero si lo hubieran hecho veinte o treinta personas en el mundo...
- Es muy probable que no -concedo-, pero precisamente estas personas son las que la han querido.
- Es curioso pensar en esto -sigue Kropp-; nosotros estamos aquí para defender nuestra patria. Pero también los franceses defienden la suya. Entonces, ¿quién tiene razón?
- Quizá los unos y los otros -murmuro sin convicción.
- Correcto -dice Albert y leo en su cara que quiere meterme en un callejón sin salida-, peri nuestros profesores, nuestros pastores y nuestros periódicos dicen que sólo tenemos razón nosotros y quiero creerlo; sin embargo, los profesores, los pastores y los periódicos franceses pretenden tener razón tan sólo ellos. ¿Cómo te lo explicas?
- No lo sé -digo yo-. Sea como sea, estamos en guerra y, cada mes, entran en ella nuevos países.
Vuelve Tjaden. Está todavía muy exaltado y se mete, de nuevo, en la conversación. Ahora quiere saber cómo se produce una guerra.
- Generalmente porque un país ofende gravemente a otro -responde Albert con cierto tonillo de superioridad.
Pero Tjaden permanece impasible.
- ¿Un país? No lo comprendo. Una montaña alemana no puede ofender a una montaña de Francia. Ni un río, ni un bosque, ni un campo de trigo...
- ¿Eres tonto o lo aparentas? -gruñe Kropp-. No he querido decir esto. Un pueblo ofende a otro pueblo...
- Siendo así, yo no tengo nada que hacer aquí -replica Tjaden-; no me siento ofendido en absoluto.
- ¡A tí te van a dar explicaciones, si te parece! -dice Albert enfurecido-; ¿no te das cuenta de que eres media mierda que no pinta nada?
- ¡Pues me marcho a casa enseguida! -insiste Tjaden ante la hilaridad de todos.
- Pero, ¡pedazo de idiota! Se trata del pueblo en conjunto, es decir, el Estado...-grita Müller.
- El Estado, el Estado...-dice Tjaden haciendo sonar los dedos con malicia-. Guardia civil, policía, contribuciones, he aquí vuestro Estado. Si eso es lo que interesa, paga tú el pato.
- De acuerdo -le apoya Kat-. Es la primera vez que has dicho algo razonable, Tjaden. Entre el Estado y la patria hay algunas diferencias.
- Pero se corresponden mutuamente. No existe una patria sin Estado.
- Está bien; sin embargo, piensa que la mayoría de nosotros somos gentes sencillas. Y, en Francia, casi todos los hombres son, también, obreros, peopnes o pequeños empleados. ¿Cómo puede querer atacarnos un zapatero o un cerrajero francés? No, tan sólo es el Gobierno. Yo no había visto ningún francés antes de venir y a la mayoría de franceses les debe de pasar lo mismo con nosotros. Tampoco les han preguntado a ellos.
- Entonces, ¿por qué hay guerra? -pregunta Tjaden.
Kat se encoge de hombros.
- Alguien debe sacar tajada.
- Este no soy yo, palabra -dice Tjaden irónico.
- Ni tú ni ninguno de nosotros.
- ¿Quién entonces? -insiste Tjaden-. El Káiser tampoco saca de ella ningún provecho. Tiene ya todo lo que necesita.
- Yo no lo aseguraría -replica Kat-. Hasta el momento no había tenido ninguna guerra. Y todo gran emperador necesita, por lo menos, una guerra. Si no, no se hace célebre. Verás, míralo en tus libros de clase.
- Los generales también se hacen célebres en la guerra -dice Detering.
- Aún más que los emperadores - continúa Kat.
- Seguro que también hay, detrás de ellos, otros que piensan hacerse ricos a costa de la guerra -gruñe Detering.
..."
"Sin novedad en el frente" Erich Maria Remarque








